En
México, la corrupción no es una fantasía. Tampoco es resultado de una
percepción social distorsionada, como el gobierno y la elite política lo
afirman. La lista de casos documentados en el sexenio de Enrique Peña
Nieto es abrumadora: la Casa Blanca, la casa de Malinalco, los arreglos con la constructora OHL, Odebrecht y el nuevo aeropuerto de la capital del país.
A
ese listado se añadió recientemente el entramado de corrupción en
Chihuahua, en el que en un esquema propio de la delincuencia organizada
se utilizaron empresas fantasma y facturas falsas como mecanismo para
financiar la campaña electoral de 2016 del candidato a gobernador
postulado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI). El caso
derivó en la aprehensión de Alejandro Gutiérrez,
exsecretario general de ese partido, y en señalamientos que involucran
al exgobernador de Chihuahua, así como a personajes de primer nivel del
PRI y del gobierno federal.
Los
reclamos de la sociedad civil han sido insuficientes para contener los
abusos de poder y frenar los desvíos de dinero público. Ante la
inminencia de las elecciones del 1 de julio de 2018, surge una pregunta:
¿los aspirantes a la presidencia de México atenderán esas exigencias
como verdaderos compromisos de campaña?
A cada investigación periodística sobre casos de corrupción, la respuesta del gobierno ha sido el mutismo. Esta estrategia, paradójicamente, ha fortalecido la convicción ciudadana de que en “México no pasa nada”, que la impunidad es la república de los privilegiados. A diferencia de otros países de América Latina, como Brasil y Perú, en México ningún presidente ha sido investigado o acusado por corrupción ni se ha destituido mediante juicio político.
El blindaje de la impunidad
resguarda al gabinete presidencial y a los altos funcionarios. La
percepción ciudadana no está deformada.
El
gobierno aduce a su favor que 11 exgobernadores han sido encarcelados.
Sin embargo, dada la dimensión del problema, los resultados son
insuficientes. Además, sus cómplices —autores intelectuales, abogados,
asesores contables y financieros, prestanombres, etcétera— permanecen
intocados. Un riesgo adicional es que las respectivas acusaciones
penales no estén debidamente soportadas, por lo que a menudo se exonera a
los responsables por deficiencias en las investigaciones.
La cantidad abrumadora de casos de corrupción y el desencanto social derivó en la creación, en julio de 2016, del Sistema Nacional Anticorrupción
(SNA). Se propuso una fórmula inédita: que la coordinación del Sistema
quedara a cargo de seis autoridades y de un representante del Comité de
Participación Ciudadana (CPC), integrado por cinco ciudadanos, entre los
que yo me encuentro. La expectativa era grande: al fin la clase
política asumía el compromiso de luchar contra la corrupción. Pero la
realidad ha demostrado lo contrario.
El
SNA tenía que haber iniciado funciones en julio de 2017. No ha sido
así, pues tres piezas clave no han sido nombradas: el fiscal
anticorrupción, el auditor superior de la federación y 18 magistrados
anticorrupción. Asimismo, los sistemas locales de anticorrupción, que
forman parte del SNA, tienen un rezago en su integración, con la
agravante de que en su mayoría carecen de presupuesto público
.
En
el discurso político, el CPC debe trabajar junto con las autoridades
del SNA en el combate contra la corrupción, pero en la práctica somos
sus adversarios. La colocación de temas en la agenda anticorrupción ha
sido tortuosa. De antemano sabemos que nuestras propuestas serán
descartadas.
La primera experiencia la tuvimos con Pegasus,
el programa utilizado por el gobierno para espiar a la población y cuya
compra implicó el desvío de dinero público. Nuestro planteamiento fue
que se iniciaran investigaciones por corrupción. Perdimos por cinco
votos contra uno. Esa fue la razón por la que Jacqueline Peschard, la
presidenta del CPC, afirmó: “Me dieron toda la responsabilidad y nada
del poder”.
Algo
semejante ha sucedido con el caso Odebrecht. A la petición del CPC de
que se proporcione información, la respuesta es que es confidencial y
que las indagatorias continúan. El problema es que los tiempos
electorales de 2018 presagian el retraso indefinido de las
investigaciones. A pesar de que el caso ha tenido repercusiones
internacionales, en México “no ha pasado nada”.
Los
tropiezos no nos han hecho renunciar a nuestros objetivos. Aprovechando
la legitimación social y política del CPC, decidimos explorar vías
alternas a las previstas en las leyes anticorrupción. Fue así como
promovimos dos juicios ante jueces federales con la intención de obligar
a los estados a poner en práctica sus sistemas locales y homologarlos
al SNA. También solicitamos al Congreso mexicano que en los
nombramientos de los 18 magistrados anticorrupción y del auditor
superior de la Federación, se garantice la participación ciudadana y se
respeten los principios de transparencia y máxima publicidad.
Nuestro
mayor logro, de la mano del Servicio de Administración Tributaria (SAT)
y la Procuraduría de la Defensa del Contribuyente, ha sido la
publicación de una disposición legal que prohíbe el uso de dinero
público a través de empresas fantasma. También presentamos 99
solicitudes de información al gobierno federal y a los estados de
Chiapas y Sinaloa sobre operaciones con ese tipo de empresas para
detectar actos de corrupción y financiamiento ilegal de campañas
políticas, como sucedió en Chihuahua.
La
falta de resultados, la ficción surrealista del discurso oficial, la
demora en la implementación del SNA y la indolencia con las propuestas
del CPC evidencian que el combate a la corrupción no es un compromiso
genuino de Estado. La inercia del gobierno y de los partidos políticos
lo corrobora. De continuar así, los pequeños avances en esta materia
terminarán siendo una mala broma. Para luchar eficazmente contra la
corrupción, las autoridades deben cumplir con las responsabilidades que
contrajeron en julio de 2016, cuando se formalizó el SNA. El silencio y
la desidia son inadmisibles.

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