Posiblemente,
el autor francés Albert Slosman es un gran desconocido para muchos aficionados
a la arqueología alternativa pues nunca tuvo un gran eco mediático o éxito literario,
como otros autores populares del género. Sin embargo, su notable aportación
heterodoxa a los estudios del antiguo Egipto no se puede pasar por alto, dado
que Slosman fue de los escasos investigadores que profundizaron de manera
rigurosa en la estela interdisciplinaria marcada por Ignatius Donelly acerca de
los orígenes de las antiguas civilizaciones, que –tal como defendió en el
clásico Atlantis, the Antidiluvian World– no habrían sido el fruto de una
evolución a partir de un estadio anterior más primitivo, sino el legado o
herencia de los supervivientes de la Atlántida.
Por
supuesto, todo esto constituye una herejía para la arqueología académica, que
considera que la génesis de las civilizaciones –en el Mediterráneo o en otros
lugares– se deriva de cierta revolución neolítica propia de cada región. En
este sentido, no hay cabida para una gran civilización anterior, la Atlántida o
cualquier otra, pues no existen pruebas (supuestamente) de su existencia. Esto,
claro está, significa apuntalar el concepto de evolución frente al de
involución.
Pero
empecemos por el principio. Albert Slosman (1925-1981) fue un matemático y
analista informático francés, cuyo alto nivel profesional le llevó a colaborar
con la NASA en el programa de las sondas Pioneer. Su vida, empero, no fue
precisamente fácil ya que durante la Segunda Guerra Mundial formó parte de la
Resistencia y fue capturado y torturado por la Gestapo nazi. Más adelante, fue
juzgado por desertor y deportado al Camerún. Asimismo, sufrió dos graves
accidentes, uno en 1956 en que estuvo muy cerca de la muerte y otro en 1970, en
que quedó varios meses en coma.
Como
consecuencia de esto, su salud fue más bien frágil y quebradiza, lo que le
obligó a mantener a menudo largos periodos de convalecencia. Pero aparte de
estas desgracias, las circunstancias de la vida parecieron entrar en conjunción
para conducirle a unos intereses y unos estudios bien alejados de su
especialidad científica, algo muy similar a lo que le ocurrió a su famoso
compatriota y contemporáneo René Schwaller de Lubicz, que también sucumbió al
embrujo del antiguo Egipto.
Por
ejemplo, estando en Camerún tuvo conocimiento de una mitología local que
hablaba de un gran cataclismo ocurrido hacia el oeste, en el Atlántico, por el
cual la divinidad habría castigado la impiedad de los hombres provocando el
hundimiento de un gran continente.
Por otro
lado, Slosman realizó sus tesis doctoral sobre Pitágoras, lo que le acercó al
antiguo Egipto y sus altos conocimientos. Este afán le hizo viajar a Egipto en
diversas ocasiones, a consultar miles de libros de diversas materias y a
aprender de forma autodidacta los fundamentos de la lengua jeroglífica.
Asimismo, tuvo gran interés en trazar los orígenes del monoteísmo en la
Antigüedad, al descubrir que el Egipto faraónico había tenido clara relación
con ello. Pero sin duda el punto crucial de su trabajo fue la elaborada tesis
de que el antiguo Egipto, la gran civilización conocida por todos, no había
nacido a orillas del Nilo sino en el norte de África. Así, después de
inspirarse en la obra de Stéphane Gsell Historia antigua del norte de África,
Slosman empezó a componer un escenario en el que los primeros faraones-dioses
habrían venido del oeste, esto es, del Atlántico. Sus sospechas se vieron
reforzadas en sus estancias por convalecencia en el norte de África, durante
las cuales fue recogiendo las múltiples piezas de un complejo rompecabezas.
Como
fruto de esta propuesta, Slosman se implicó en la realización de una vasta obra
que quedó inconclusa a su muerte y que estaba estructurada básicamente en tres
trilogías y una tetralogía. La primera trilogía estaba dedicada a los orígenes
de Egipto y comprende sus libros esenciales: El Gran Cataclismo (1976), Los
Supervivientes de la Atlántida (1978) e Y Dios resucitó en Dendera (1980). El
resto de su obra, que exploraba otros aspectos del antiguo Egipto, del
monoteísmo y del cristianismo, quedó prácticamente en estado de proyecto, si
bien todavía se publicó material suyo tras su muerte en 1981.
¿Pero en
qué se basó exactamente la propuesta de Albert Slosman? Como ya hemos
comentado, Slosman adquirió una sólida base de conocimiento egiptológico
ortodoxo, pero se fue decantando hacia la heterodoxia cuando contrastó dos
elementos principales. Por un lado, la antigua mitología y religión egipcias,
expresadas en el lenguaje jeroglífico; y por otro, las diversas pruebas
geográficas, filológicas, antropológicas y arqueológicas que identificó en el
norte de África en sus viajes. Y todavía habría un tercer elemento esencial, el
famoso bajorrelieve del Zodíaco del templo de Hathor en Dendera (Egipto)[1],
que le facilitaría importantes datos y vías de investigación.
Fue en
una estancia en Marruecos cuando Slosman empezó a construir su herética tesis,
que trataba de convertir la antigua mitología egipcia en historia real. De
hecho, él ya había identificado algunas curiosas semejanzas entre determinada
toponimia marroquí y algunos términos que aparecían en el Libro de los Muertos.
Pero una vez en aquel país, los hallazgos y las oportunas conexiones cognitivas
se dispararon para acabar creando un escenario del todo revolucionario para la
egiptología.
Así,
Slosman empezó a reconstruir los orígenes de los antiguos dioses egipcios, que
en realidad no habrían sido más que los supervivientes de un continente
perdido, situado a Occidente, según citaban los propios textos sagrados
egipcios. En lo que sería la investigación propiamente geológica, geográfica y
arqueológica, Slosman identificó en Marruecos trazas de fuertes alteraciones
geológicas, incluido un posible vuelco del eje terrestre, con el consiguiente
desplazamiento de los polos, lo que vendría a corroborar una hipótesis
catastrofista.
Asimismo, dio con un lugar llamado Tamanar (al
norte de Agadir) que podría ser la mítica Tierra de Poniente egipcia denominada
en lenguaje jeroglífico Ta Mana. Además, según le explicaron los ancianos
beréberes de la región, ellos descendían de los supervivientes de un continente
hundido y que luego se quedaron allí por la riqueza agrícola y minera de la
zona. Asimismo, y por mediación de unos geólogos alemanes, localizó un enclave
al sur del país que se podría relacionar con el Ta Uz (o Tierra de Osiris),
prácticamente en la frontera con Argelia, en pleno desierto del Sahara. Y entre
medio de estos dos referentes, Slosman fue hallando restos de una inconfundible
intervención humana –tremendamente antigua– en el territorio, en forma de
pinturas rupestres, explotaciones mineras, enormes pozos, tumbas «de gigantes»,
etc. Y con este escenario supuso que el norte de África occidental había sido
una colonia atlante y que los supervivientes del cataclismo se habían ido
desplazando de poniente a oriente a lo largo de los siglos.
Con esta
base sobre el terreno, a Slosman sólo le faltaba relacionar las pruebas físicas
con la antigua cosmovisión egipcia. De este modo, fue atando cabos y
componiendo una especie de historia de los últimos tiempos de la Atlántida
–incluido su terrible final– a partir de la mitología y la religión del antiguo
Egipto, así como de los textos funerarios del Libro de los Muertos y muy
especialmente de los textos del templo de Hathor en Dendera. En resumen, la
visión de Slosman –siempre fundada en su particular interpretación filológica
de los jeroglíficos– nos presenta un mundo desaparecido hace muchos miles de
años y que fue tomado como mera mitología por los historiadores occidentales.
Lo que voy a exponer seguidamente es un breve compendio de dicha visión.
Según
Slosman, hace decenas de miles de años existía un gran continente atlántico
llamado en los textos egipcios Ahâ-Men-Ptah, que significa literalmente
«Primogénito-Durmiente-de-Dios» o «Primer Corazón de Ptah», si bien dicho
nombre sería luego simplificado en el Libro de los Muertos como El Amenta.
Además,
este nombre nos revela la identidad de la divinidad primigenia, Ptah, y sería
el origen de la propia palabra «faraón», que sería una derivación fonética
griega de la expresión Phtah-Ahan (luego Per-Ahâ) o «Hijo de Dios». Asimismo,
la palabra griega Aegyptos (Egipto) se basaba en la expresión original
Ath-Kâ-Ptah («segundo corazón de Dios»), dando a entender que era la segunda
tierra divina, posterior a la primera[2]. Pues bien, este continente, que
gozaba de un clima templado y de una rica vegetación y fauna, albergaba una
avanzada civilización que observaba con detalle el firmamento.
Así, después de sufrir un primer hundimiento
parcial –en el 21.312 a. C.– a causa de fuertes erupciones volcánicas, los
sabios intensificaron el estudio de los astros a fin de poder predecir
cataclismos cósmicos, que estarían regidos por ciertas conjunciones basadas en
el ciclo precesional. De este modo, llegaron a calcular cuándo iba a producirse
el siguiente desastre, tal vez definitivo. Concretamente, hacia el año 10.000
a. C. el sumo sacerdote An-Nu anunció que –de acuerdo con las exactas
combinaciones matemáticas celestiales– en un par de siglos se produciría una
catástrofe de enormes proporciones que acabaría con Ahâ-Men-Ptah, lo que
obligaba ya a preparar un éxodo masivo.
Así
llegamos al final de la historia de Ahâ-Men-Ptah, cuando Geb y Nut engendran al
último rey, Usir (Osiris), así como a sus hermanos Usit, Nekbet e Iset, a los
que conocemos mejor por sus nombres helenizados: Seth, Neftys e Isis. Como es
sabido, Usir se casaría con su hermana Iset y tendrían como hijo a Hor (Horus).
Y siguiendo el relato mitológico, finalmente acabaría por estallar la guerra
entre Osiris y Seth, pocos años antes de tener lugar el tremendo cataclismo –el
hundimiento completo del continente– que podría término a su civilización.
Slosman,
a partir de sus observaciones en el Zodíaco de Dendera, sitúa dicho evento en
una fecha exacta, el 27 de julio de 9.792 antes de Cristo, que no es muy
distante de la que sugirió Platón en sus famosos diálogos, hacia el 9.600 a. C.
El
matemático francés coincide también con Platón en la descripción de una
destrucción súbita y terrorífica, de la cual sólo pudieron escapar unos pocos
supervivientes en unos barcos prácticamente insumergibles llamados mandjit, que
fueron a parar a las costas africanas, a la ya citada Tamanar (Ta Mana), que
hace 11.000 años habría estado junto al mar (actualmente está a unos 10
kilómetros).
Luego,
durante largo tiempo los herederos del pueblo «atlante» permanecieron en el
occidente africano esperando el momento propicio, determinado por el pontífice
Ptah-Her-Anepu (hijo de Anepu o Anubis), para emigrar hacia el este, la «Marcha
hacia la Luz». Y por fin, los seguidores de Horus se encaminaron hacia oriente
donde acabaron por establecerse en lo que hoy conocemos como Egipto en un viaje
que duró dos mil años.
No obstante, durante esta época habría seguido
la inacabable guerra entre el clan de Seth y el de Horus, que se habría
prolongado hasta la invasión de Egipto en el siglo VI a. C. por los persas. Y
el recuerdo de esta historia milenaria se habría trasmitido al antiguo Egipto
gracias a los textos sagrados, escritos en la lengua original a través de los
signos jeroglíficos. Si ahora evaluamos el trabajo de Slosman, podemos apreciar
esa huella multidisciplinar y erudita típica de Donnelly (el padre de la
atlantología) pero también influencias de otras teorías y autores, con especial
énfasis en el catastrofismo y la relación entre el ciclo precesional y las eras
de nacimiento y destrucción de las civilizaciones, otro asunto harto recurrente
en la arqueología alternativa.
Pero, ¿hasta qué punto podemos dar validez a
las propuestas de Slosman? Por de pronto, la ciencia ortodoxa ignoró
completamente sus aportaciones y lecturas personales de los textos
jeroglíficos, y más aún por haber recurrido a la Atlántida como hecho real y
por haber construido un discurso supuestamente histórico a partir de una interpretación
personal de la mitología egipcia. Por otra parte, está el controvertido tema
religioso y monoteísta, que para Albert Slosman estaba muy claro: de la
religión primigenia atlante se derivaría la antigua egipcia y luego el resto de
teologías posteriores. Pero vayamos por partes.
Si
empezamos por este último punto, es bien cierto que muchos autores han puesto
de manifiesto que la religión egipcia es probablemente la madre de las grandes
religiones posteriores como el judaísmo y el cristianismo (y en última
instancia el islamismo), dadas las evidentes similitudes en las creencias, los
símbolos, los personajes, los relatos, los rituales, etc.
Además,
según afirma Slosman, está el evidente caso del faraón hereje Akhenatón, que no
habría hecho más que intentar recuperar el monoteísmo original de Ptah a través
del culto a Atón, superando un falso politeísmo debido a una interpretación
sesgada de las antiguas mitologías, que confundían a los personajes atlantes
con dioses[3]. Por otro lado, la conocida relación de faraones divinos o
semidivinos anteriores a las dinastías «históricas» citada por Manetón y otras
fuentes encajaría con un escenario hipotético de supervivientes atlantes
reconvertidos en divinidades. Escritura jeroglífica egipcia Escritura jeroglífica
egipcia En cuanto al tema filológico, aquí radica una parte sustancial de la
polémica avivada por Slosman, si bien otros investigadores «no profesionales»,
como el norteamericano Clesson Harvey, han coincidido en afirmar que los
jeroglíficos llevan 200 años siendo mal interpretados y mal traducidos.
De hecho, desde la interpretación realizada
por Jean François Champollion en 1822, la egiptología apenas se ha movido de
esas bases para la lectura de la antigua lengua egipcia escrita en signos
jeroglíficos. Sin embargo, aunque este dato es poco conocido, ya el propio
Champollion en sus primeros estudios datados en 1812 afirmó que los
jeroglíficos no eran signos fonéticos sino ideogramas que representaban cosas,
aunque luego abandonó esta propuesta. Para Albert Slosman, en los jeroglíficos
se podía hallar la antigua lengua primigenia, la que transmitía la tradición
sagrada, y que no tenía que ver con la lengua hablada, plasmada en la escritura
demótica.
Esta lengua original expresada en los
jeroglíficos, de hecho, no varió en lo más mínimo a lo largo de miles de años
de existencia, a diferencia de la lengua hablada, que fue evolucionando a lo
largo de los siglos hasta perderse casi por completo[4]. Finalmente, en el
ámbito arqueológico tenemos dos frentes: por un lado, los restos hallados en el
norte de África y por otro, los ubicados en el propio Egipto. En lo referente
al norte de África, ya se han formulado audaces propuestas de una conexión
Canarias-norte de África-Egipto basadas principalmente en coincidencias
filológicas y antropológicas.
Asimismo,
se conocen desde hace tiempo diversas huellas de culturas muy arcaicas que
podrían estar relacionadas con el antiguo Egipto, como algunos autores modernos
han sugerido (muy especialmente Robert Bauval), indicando que allí hubo una
especie de pre-civilización que se fue desplazando hacia el este y acabó por
asentarse en el valle del Nilo. Veamos qué dice Bauval al respecto: «Existe una
reconsideración de lo que pueden ser los orígenes de lo que consideramos
civilización, pues se ha generado una cierta frontera psicológica entre la fase
del Antiguo Egipto histórico y la fase del Antiguo Egipto prehistórico, que los
egiptólogos han establecido con un límite temporal alrededor del año 3.100 a.
C.
Todo lo
que se encuentra antes de esta fecha queda fuera de la fase del período
histórico del Antiguo Egipto. Esta barrera psicológica es un problema, un lugar
donde la arqueología se ha encallado. Yo no veo una prehistoria del Antiguo
Egipto y una historia del Antiguo Egipto; más bien veo una gran cadena
evolutiva, que probablemente empezó alrededor del 15.000 a. C. aproximadamente,
lo que marcaría el origen de la civilización humana. Yo estoy convencido de que
tal origen tuvo lugar en la zona subsahariana. Se trataría de una cultura
antigua que dejó sus huellas en forma de pinturas rupestres, observaciones
astronómicas, domesticación de ganado (mucho antes de la domesticación
asiática), etc.
Todo esto
indica que existió una cultura prehistórica –a la cual llamaríamos civilizada o
avanzada– en una etapa en que las condiciones climáticas del Sahara eran
diferentes; esto es, cuando esta región era fértil y habitable, con lagos,
fauna y vegetación. Creo que ese es el encuadre que hay que darle, y la gran
pregunta aquí sería: ¿De dónde provenía esa gente, esa cultura?»[5] Y si nos
trasladamos a Egipto, tenemos obviamente el famoso Zodiaco del templo de
Dendera, grabado en una enorme losa de unas 60 toneladas, que ya fue estudiado
por la expedición napoleónica de finales del siglo XVIII y que reveló que los
antiguos egipcios poseían altos conocimientos astrológicos y astronómicos. Pero
sin duda lo más polémico es que el astrónomo francés C. F. Dupuis afirmó que el
relieve describía la configuración del firmamento no en la era ptolemaica sino
hace unos 12.000 años, con el Sol en la constelación de Leo, si bien es cierto
que han habido otras interpretaciones y dataciones. Además, rodeando el Zodiaco
se hallaron unos signos jeroglíficos con varias líneas de zigzag, que
indicarían una ingente cantidad de agua[6].
Escritura
jeroglífica egipcia Escritura jeroglífica egipcia Por otra parte, está el tema
de los barcos atlantes, las naves muy marineras de altas proas llamadas
mandjit, según lo narrado por Slosman. Lo cierto es que ya desde época predinástica
(Nagada) se encuentran numerosas referencias a estas naves, en forma de
pinturas sobre tumbas o sobre piezas de cerámica, que describirían el éxodo de
los atlantes tras el cataclismo. Pero no sólo se trata de imágenes, pues
también tenemos objetos reales en forma de grandes barcos de madera enterrados
en varias localizaciones funerarias, destacando por ejemplo el que se halló
junto a la pirámide de Khufu[7] el siglo pasado, y que coincide aproximadamente
con lo que se puede ver en las pinturas arcaicas.
Asimismo,
es muy destacable el descubrimiento de nada menos que una flota de doce barcos
de entre 19 y 29 metros de eslora en el gran complejo funerario del faraón de
la segunda dinastía Khasekhemwy (o Jasejemuy), datado hacia el 2.675 a. C.,
justo antes del inicio del Imperio Antiguo. En estos casos, los egiptólogos han
interpretado los hallazgos como barcas solares o funerarias, en las cuales el
faraón fallecido viajaba ritualmente al reino del Más Allá a través de los
cielos.
No
obstante, en unos pocos casos aislados han quedado pruebas de que algunos
barcos se desplazaron realmente por las aguas, lo que les daría un sentido más
funcional y práctico, posiblemente para transportar el cadáver del faraón. De
todos modos, la egiptología sigue sin tener demasiado claro el origen histórico
y el propósito de estos barcos, que se han datado desde el 3.100 a. C. (el
inicio mismo de la civilización egipcia) hasta el 1.800 a. C. aproximadamente.
¿Se trataría todo esto de un recuerdo de los barcos mandjit? Tan sólo podemos
especular.
Concluyendo,
el escenario propuesto por Albert Slosman es un avance con relación a otras
propuestas anteriores que se podrían remontar a Donnelly, pero todavía
permanece bajo esa gran incógnita que podríamos llamar «la realidad histórica
de la Atlántida», que a día de hoy sigue siendo un puzzle de cientos de piezas
que nadie ha sabido encajar, aunque para la arqueología ortodoxa dichas piezas
han sido tergiversadas y no conducen de ningún modo a la Atlántida. Pero el
mérito de Slosman está ahí: dejó de ver la mitología como una serie de relatos
supersticiosos y empezó a comparar fragmentos de arqueología con fragmentos de
mitología para ver si realmente podían casar. Sea como fuere, tendremos que
esperar a que nuevas investigaciones y enfoques sin prejuicios acaben de
confirmar lo que Slosman apenas pudo esbozar.
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